Hace unos meses os hablaba por primera vez de Roger, Manuela y Laura. El caso es que hace unos meses que empecé a escribir pequeñas cosas sobre la historia en mi Moleskine y hace dos días que lo releí y decidí pasarlo al ordenador. Sólo es el principio, lo que escribí allás por verano para que no se me olvidasen las cosas, pero se me apetece colgarlo a ver que os parece… o más bien, pa ver si despierto el interés o la curiosidad de alguien xDD El título provisional con el que la tengo escrita en mi libreta es “Nos vemos en el tren” que sería la traducción de “Wir treffen uns im Zug” o al menos, esa la idea original del título.
En los pasados carnavales Roger se disfrazó de vaquero a lo John Wayne o Clint Eastwood. Cuando le vi aparecer calle abajo con su abrigo largo, el pañuelo al cuello, el sombrero y las espuelas, se me ocurrió que los expertos de cine sólo podían referirse a él al hablar de un espagueti western. No sabían ellos cuan real podía llegar a ser. Pero claro, si te falta medio centímetro para los dos metros y no tienes un kilo de carne encima, no es extraño que puedas dar la impresión de ser un espagueti… y si un espagueti se viste de vaquero del oeste americano, ¿qué tienes? ¡Un espagueti western!
Yo venía a contar una historia. No tengo una razón especial para querer hacerlo. O quizá sí, pero no viene al caso. Lo importante son sus protagonistas. Puede que no sea una historia especialmente romántica o suficientemente dramática o interesante, pero es mi historia, aunque sólo sea la narradora, me pertenece y es especial para mí. Supongo que es motivo suficiente para estar sentada aquí escribiendo. Así que… empecemos…
Roger y yo nos conocimos en el tren. Bueno, no fue exactamente un “conocerse”, más bien pareció un caso de acoso descarado hecho sin querer por mi parte, aunque al final ninguno era capaz de decir quién había empezado todo aquello. Llevaba años viajando en el tren para ir al trabajo. ¿A qué me dedico? Al mundo de la moda pero eso no es importante. Lo importante es que ese trabajo me llevaba casi cada día a Zurich, a pesar de vivir en Basilea. Basilea es la ciudad de mi infancia, donde crecí, estudié y se encuentran mis mejores amigos. Un fuerte lazo de propiedad y pertenencia me unen a esta ciudad. Por eso, cuando mi trabajo me llevó a la capital de las finanzas, y aunque no lo parezca, de la moda de Suiza, me decidí por s’Pendeln. No es que Zurich no tenga encanto o atractivo, pero el de Basilea es… más de mi estilo, supongo.
La mañana en que la vida de Roger se cruzó con la mía empezó mal. Mi bicicleta tenía un pinchazo lo que significaba tener que coger el tram y no llegar a coger el tren de las siete y cuarto y probablemente no tener tiempo ni para buscarme un café con el que medio despertar –digo “medio”, porque justo después de tomarlo, me quitaría los zapatos y acurrucada en un rinconcito junto a la ventana me echaría una señora siesta hasta llegar a nuestro destino. Al final, por suerte, hubo tiempo para café, Schoggiweggli y “20 Minutos”. No sé que sería de mí sin ellos. El tren era un IC (de InterCity) de los de dos pisos. En el de arriba siempre hay sitio y es más luminoso, pero por una vez decidí sentarme abajo y probar. No es que no hubiera cogido antes un tren así, de hecho es muy común en el trayecto Basilea-Zurich, pero en mi caso la escalera que lleva a la parte superior me atrae de una forma casi mágica y siempre acabo sentada arriba, excepto ese día. Debía de ser otoño porque la mañana era especialmente oscura. Es la mejor época del año para dormir en el tren (o en cualquier sitio, ¿para qué engañarnos?), casi como estar en tu cama, salvo por la tortícolis que tienes después y el frío con el que despiertas.
Me senté junto a la ventana y entonces le vi. Era largo y delgado, como un insecto palo, casi. Iba vestido como los pijos de los bancos: corbata, camisa blanca de manga larga, americana oscura y una gabardina corta de Burberry en color verde oscuro. Llevaba el pelo correctamente peinado hacia atrás y los ojos grises despiertos como si fuera mediodía y no las 7 de la mañana. No es que me quedase embobada mirándole porque me pareciera guapo, ni siquiera vi su atractivo en ese momento. Sin duda le miré durante un rato lo suficientemente largo como para que me pillase. ¡Vaya señora pillada! En ese momento pude comprobar que mi cerebro no funciona al 100% por las mañanas. Roger me pilló mirándole fijamente y no me di cuenta de que él había clavado su mirada en mí de la misma manera. Sólo cuando el tercer par de ojos, los de la chica que estaba hablando con él se volvieron hacia mí no me percaté de la situación tan embarazosa en la que me encontraba. En ese preciso instante saltaron todas las alarmas y colorada como un pimiento me escurrí en el asiento hacia la venta, me enrosqué en mi abrigo y me eché a dormir intentando no pensar en que su mirada cristalina aún seguía posada en mí.
Y eso es todo, me voy pa Olten a cenar con los Hunn en el restaurante Bodega El Pato. Suena español, a ver si es realmente español xDD
Con esto y un bizcocho… Besos
Cris
PS: Por cierto, Lola me persigue con su nuevo look. Quiere que os lo presente, pero no sé cómo. Si soy un desastre dibujando fO.o
